Lo que aprendí con el metal 4ªparte

Llegando al final de esta aventura nos encontramos ante en un enorme festival en Clisson, Francia. Ya muchos conocerán el evento. Tres días con una buena variedad de subgéneros de metal, un sol implacable, comida rancia y conciertos de grupos que había estado escuchando toda mi vida y creía que nunca podría ver.

 

El viaje se llegó a alargar demasiado por lo que nos dio el tiempo justo a llegar ya de noche, montar la empalizada de tienda de campañas y descansar lo suficiente para el día siguiente. Y digo lo suficiente porque dormir en una tienda de campaña en la tierra rodeado de otros miles metaleros como tú es lo más cerca que estuve de vivir la experiencia de las incursiones vikingas en el norte de Europa. Cabe decir que en el primer y segundo día nos dispersábamos y nos encontrábamos de nuevo a varios compañeros de viaje entre los saltos de horario y carpas para intentar encajonar bien nuestro plan de intentar ver todos los grupos que pudiéramos sacrificando lo mínimo. Entre ellos pude ver a Municipal Waste y Sick of it All con sus riadas de gente en los pits, Throwdown, Cavalera Conspiracy, Death Angel y un largo etcétera. A destacar un grupo de entre muchos fue Kruger, un tapado que pocos conocían. Me cautivó la manera que tenía de cantar el frontman con su pie de micro y colgado de uno de los soportes del escenario a 7 metros del suelo. Pensé que era una salvajada hasta que en el segundo día el guitarrista de Airbourne escaló hasta el tope del escenario principal y se marcó un solo a unos 40 metros del suelo. Ciertamente, el segundo día fue complicado debido al extremo calor. Solo recalcaría la actuación del Meshuggah, que era el único grupo que hacía temblar el suelo estando a muchos metros de distancia de donde tocaban. Una brutalidad nunca vista. Pero tal y como digo en cuanto al festival, poco más de tres o cuatro grupos, ya que estuvimos de visita cultural por el pueblo de Clisson. Bailamos un poco de mosh junto con una orquesta local y visitamos el castillo del lugar que dado mis nulos conocimientos de arquitectura diría que es bastante y bastante antiguo. Fue bastante entretenido, sobre todo el momento que bajamos desde el pueblo al festival escoltando un coche donde sonaba Slayer. Los ocupantes estuvieron todo el trayecto terriblemente preocupados pese a nuestra protección con rifles y escopetas de juguete. Armas que obtuvimos en un Le Clerc de la zona, el cual debo decir que se portó con mucha paciencia tras los saqueos (legales) que hacíamos a la zona de cervezas con continuas idas y venidas de palets para rellenar todo lo que nos llevábamos. Zona que quedó absolutamente empantanada de barro y agua. Un lugar de avituallamiento antes de volver a la línea de guerra.

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El tercer día quedaba lo más fuerte del cartel pero nuestras fuerzas estaban llegando al límite. El día transcurrió a duras penas viendo varios grupos de death metal y brutal. A mitad de la tarde el cuadro era terrible. Yo y dos colegas más con atuendos árabes para protegernos del calor. Sucios pero todavía con las maltrechas armas de las que por alguna razón no nos podíamos despegar de ellas. En esas, estábamos haciendo cola para recargar fuerzas en una fuente de agua que había. De repente y sin saber de dónde nos encontramos a tres franceses con atuendos parecidos a los nuestros y provistos también de armas. Fueron cinco segundos donde ninguno de los seis daba crédito a lo que estaba viendo. Entonces uno de los galos se puso a gritarnos realizando signos de amenaza. Mi compañero cogió una banqueta y la colocó a modo de parapeto mientras simulábamos que estábamos en unas trincheras. El otro grupo hizo lo mismo, solo que uno de los contrarios lanzó una de sus botas a modo de granada a un compañero mío el cual la cogió con gran habilidad debo decir, para posteriormente salir pitando del lugar mientras el rival saltó a su persecución. Fueron dos minutos de auténtica locura que me recargaron las baterías para lo que quedaba de festival.

 

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El final fue de auténtica tralla con At The Gates. Grupo que siempre había deseado ver y no me decepcionó en absoluto. Pero lo mejor quedó para el final con Motörhead. El mejor concierto de mi vida. Lemmy salió cual estrella entre contorsionistas que escupían fuego por la boca. La actuación fue una espectáculo de sonido y luces sin parangón. Mis fuerzas pese a llegar al límite no fueron un obstáculo para saltar y divertirme hasta la extenuación. Tras ello, quedaba todavía Slayer pero ya eran decenas de miles personas agolpadas y salir se convertiría en un auténtico infierno. Eso sí, nos dio tiempo a ver el inicio con Angel of Death. Bastante horrendo debo añadir con un Tom Araya que apenas puede mantener el ritmo a la bestia que ha sido y es Slayer.

 

 

Rendido y sin apenas poder mantenerme en pie, nos subimos al bus de vuelta para volver a España.

 

Clisson fue de esas experiencias donde el sufrimiento se llega hace extenuante en el momento pero que tras haber pasado un par de días se enriquece y atesora como uno de los mejores eventos a los que he asistido y que sin duda volvería a repetir. Una aventura dentro de este relato que quedó como algo que contar a los míos durante todos los años venideros.

Lo que aprendí con el metal 3ª parte

2006 era el año. Por entonces y tras varios años de seguir una corriente en el metal, decido cambiarlo todo e ir volviendo hacia atrás en el tiempo.

Empiezo a descubrir el thrash ochentero teniendo como principal figura la de Pantera, banda que sonaría durante muchísimos meses en mis oídos hasta aprender las canciones de memoria. Descubro el southern rock de américa y el movimiento redneck. Aquello me vuelve a abrir las puertas al rock clásico esta vez. Empiezo a desentrañar históricamente los grandes clásicos del metal y el rock y situarlos en un mapa mental en mi cabeza. Saber que Avenged Sevenfold viene porque esta banda adoraba Pantera y que en la banda de Texas, eran grandes adoradores de Ted Nugent. Todas las bandas siempre tienen otra en la que fijarse y emular en sus composiciones. En ese momento, se me abre una puerta hacia la historia de la música y empiezo a tirar de la cuerda hasta llegar a las worksongs del siglo XIX, donde todo tiene origen. Desde allí comienzo a entramar puntos y líneas de la historia de la humanidad y la música. Aquello dota de color y sentido al mapa musical que tenía por entonces. Contexto puro.

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A través de esa historia empiezo a definir una línea musical evolutiva desde los cakewalks y ragtime, enlazando con el jazz clásico y éste con el swing y rock ‘n roll de los 50 que a su vez llevaría al rock clásico de los 70, para llegar finalmente a la creación de las primeras bandas de hard rock y metal clásico.

Al ver esto, no solo el metal me fue algo más fácil de entender sino que empecé a escuchar cosas más distintas dentro del género. A empantanarme en los mundos del black metal noruego, el death, el brutal y hasta llegar a los extremos de terror sonoro con el grindcore. Incluso salían géneros de nueva escuela como el deathcore, haciendo que el sufijo –core volviese a ponerse de por medio en esta historia. No obstante, cada día que pasaba tirábamos más por los clásicos ya que tenía un sonido que era absolutamente genuino. Discutíamos por saber qué grupo era más bestia y más técnico tocando en la nueva escuela, pero ahí aprendí otra valiosa lección; la brutalidad sonora no se valora en velocidad y técnica sino en el conjunto global. En todo lo que relata un tema. Encontraba más peso y terror en los riffs de los franceses Gojira que en cualquier grupo de death sacado de California.

Dentro de esta época quería romper una lanza también a favor del mundo gótico. Y no del gótico de plastiquete que te puedes encontrar en más de una discoteca ambiente. Hay un gótico en lectura y en música con mucha densidad y peso. Dentro de ese lúgubre mundo es donde comenzaría a dar los primeros pasos también hacia el doom metal y variantes. No es fácil entenderlo y todavía menos seguirlo pero sin duda que estas pequeñas cadenas me llevaron a un cierto punto de heterogeneidad y madurez musical. Por 2009, mis grupos ya eran Gojira, Opeth, Pantera, The Black Dahlia Murder, Neurosis, Mastodon y Baroness principalmente. La mezcla de subgéneros ya era absoluta y lejos quedaba la época del nu.

Durante esos años  frecuentábamos varios locales donde pinchaban thrash o death de calidad, lo cual con la explosión del modernismo y la “casualización” de los lugares por los que solíamos movernos, hizo que la oferta se redujera de manera drástica. A la que salía un bolo o un festival que nuestro estilo acudíamos como alimañas. Te recorrías kilómetros para acabar viendo las mismas caras incluso. Pero no solo es eclecticismo musical lo que os relato.  En esa época conocí el verdadero significado de farra en el mundo del metal. A veces desconozco como no acabamos con cirrosis más de uno. Por suerte puedo decir que nuestras apariencias eso sí permanecieron más cercanas al redneck tirado sureño que a la de un thrasher ochentero con cinturón de balas. Gracias a Dio.

Realmente, al echar la vista atrás recuerdo muchos momentos pero si tuviera que recordar uno donde precisamente tuvo lugar el mejor concierto al que he asistido en toda mi vida, tendríamos que ir al verano de 2008, en Clisson, Francia. La cúspide de la aventura.

Lo que aprendí con el metal 2ª parte

Para todo en la vida hay una primera vez. Incluso en el nu-metal de nueva escuela.

Ahí estábamos, como los jóvenes alocados que éramos, aprendiendo todo lo que era ese nuevo mundo. Había de todo. Desde las personas que estaban de paso hasta las que llevaban toda una vida estando metidas en el ajo. Desde las rastas a los rapados. Desde los Dickies hasta las New Rock. Todo sucedía igual solo que de diferente manera. Siempre había problemas de amoríos en esas edades, nuevos amigos, peleas, reconciliaciones y demás. Era nuestro entorno que lo pintaba de manera diferente. Como hubiera sucedido en cualquier otro lugar.

La gran primera lección que aprendí es que en el metal, el significado de hermandad está por encima de muchas cosas. Hay un gran afecto dentro de cada círculo y muchas de las personas que llegas a conocer son verdaderamente interesantes. Un metalhead no es alguien que está en ese mundo por puro albedrío, sino que es alguien que se ha preocupado por la música, por conocer y formar parte de algo que no es moda ni prioridad social. Luego también el conocimiento de bandas y su adoración llega a niveles de paganismo absoluto. Y muchas veces se utiliza como conducto a otros mundos que desconocías ya sea en la literatura o el cine por ejemplo. Pero si hay algo que adoraba y adoro sobre las bandas, son las discusiones que se formaban entorno a qué grupo es mejor y cual es peor. En resumen, el hecho de que estuvieras ahí no solo era por un pasatiempo que tenías. Nadie que fuese un ‘metalhead’ podía tener el metal como algo secundario. El metal era tu vida y eras practicante de ello. Ya fuese en las camisetas, en tus discos o en el pit.

No solo aprendí el significado de conocer nueva gente y aprender de ellos sino el significado de perder a alguien de los nuestros en el sentido más trágico de la palabra. Aquello y el videoclip de Southtown en su momento, me hicieron comprender todo lo que significaba pertenecer y estar en ese mundo.

Era 2003 y ya por entonces habíamos descubierto un templo de digna peregrinación en la zona de mayor ocio en Barcelona ciudad. Ahí no solo conocí y aprendí de muchísimas personas sino que mis gustos fueron evolucionando, dejando a un lado apartado el nu-metal que me acompañaba día sí día. Era la Barcelona que estaba al borde de la explosión del modernismo y mientras que llegase ese momento la moda emo pegó de manera muy fuerte, incluso en el propio metal. Por aquel entonces comenzamos a descubrir el género que más crecía por entonces que era el metalcore, una mezcla de nu-metal junto con el hardcore de los noventa y unos pocos toques del death metal melódico. La mezcla heterogénea dotaba al metalcore de un estilo completísimo con un riff fuerte y otro que describia una fina melodía. Una voz desgarradora que estuviera siempre adornada con otra melódica en los estribillos. Esto era lo ‘emo’ del asunto y que nos llevó a auténticas batallas dialécticas sobre si la melodía en el metal edulcoraba y ablandaba el género o era simplemente un recurso más. Lo cierto del asunto es que era un tipo de metal fácil de componer y tocar pues no precisaba de gran calidad técnica y el público de por entonces estaba abierto a ello al ser la submoda del momento. Grupos como Killswitch Engage, As I Lay Dying, Unearth, Caliban, Chimaira fueron los nuevos dioses a adorar por entonces..

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Y hablando del público, la moda también comenzó a cambiar. Pantalones pitillos, Vans por todos lados y ropa en general más estrecha. Era una giro más punk. El efecto ‘core’ pegó fortísimo y de mientras las manadas de hardcoretas así como el movimiento vegan straight edge también se acomodó a esos momentos. El hardcore representaba siempre un estilo mucho más macho alpha para los de nuevo escuela, pero como en todos los géneros, ya había grupos que llevaban más años tocando en una escena que ha sido fiel siempre. Tanto en las grandes salas como en los bolos de barrio. Musicalmente era todavía más simple que el metalcore por lo que sabía que era un género que lo tenía más de utilizar y tirar, pero la filosofía de pertenecer a una escena y un género es algo que aprendí y se quedó grabado a fuego esos días gracias al hxc.

En apenas unos meses y años teníamos una variedad de gente muy amplia dentro del propio metal, claro. Desde los amantes del nu, los nuevos metalcoretas, hardcoretas de nueva escuela, los emos que nadie sabía de donde coño habían salido pero ahí estaban… También un auge de la música electrónica más encarada a las raves, un mundo en el que no anduve mucho pero sí que tengo personas que pasaron por esos antros perdidos de la mano de dios.

Mirado con distancia apenas fueron unos cuatro años. Suficientes como para entrar cual novato y salir con un graduado. Por aquella época empecé a mover muchos conciertos de bandas locales y tanto a ellos como a los de carteles más grandes. Gracias al auge de MySpace cualquier que supiera tocar un instrumento podía montarse una banda y salir al escenario en muy poco tiempo. Al entender lo que significaba la escena comencé a intentar mantenerla allá donde fuera durante un tiempo donde económicamente te lo podías permitir.

Fuimos una auténtica familia los que estábamos por entonces pero una vez nuestro templo desapareció, muchos tuvimos la razón perfecta para marchar por otros caminos. Y yo que siempre había decidido marcharme en esas ocasiones, por primera vez decidí que quería quedarme. Porque total, más allá del metalcore en la nueva escuela del metal no quedaban muchos géneros importantes por descubrir pensé en aquellos momentos. Hasta que le dimos la vuelta y entramos en la épica del metal antes del 1994 y la creación del nu-metal. Lo mejor estaba por llegar y ¡ay qué ciego había estado hasta entonces!

Lo que aprendí con el metal 1ª parte

Me siento un poco como Bilbo Bolsón relatando lo que para mí ha sido una de las aventuras más épicas que he podido vivir durante más de toda una década. Este relato trata sobre mis experiencias personales en el pintoresco mundo del heavy metal a lo largo de varios años de intensos conciertos, salidas nocturnas, conocer muchísimas personas y sobre todo una tonelada de riffs afilados como cuchillas, voces de ultratumba y doble bombos sacados del averno. Todo ello con un preaviso que desde aquí propongo romper, ya que a muchos la simples palabras heavy metal le hacen retroceder por un encasillamiento definido, por miedo u otras razones tan lícitas como ilícitas. Que la historia, las opiniones y los conceptos creados no os sean un obstáculo para leer estas historias que intentaré explicar en diferentes capítulos, dejando este primero como una simple toma de contacto de sitios y hechos previos. Los lugares así como personas serán omitidos en toda medida posible.

Mi affair en el metal (léase con la tónica en ‘me’ y no en ‘tal’ para no darle un aspecto demasiado clásico  y true a la palabra) no comienza en un día D en la hora H como es de lógica pura, sino que como en las grandes civilizaciones e imperios hay un escenario previo o caldo de cultivo que desemboca en algo más sólido. A diferencia de muchas niños que crecen con padres o hermanos que han dedicado su vida al metal, yo crecí escuchando lo que sonaba en la época de los noventa. Y desde una temprana edad, por lo que el auge del pop y el hip hop llegó a mis oídos cuando estos ya habían catado otras esencias. Y esas esencias no eran otras que el rock británico y grupos como Garbage y No Doubt que solía escuchar esporádicamente. Hacía especial énfasis en el funk de muchas canciones de Jamiroquai mientras intentaba mezclar lo suficiente con hits de Prodigy. Me encantaría poder decir que empecé con los clásicos de los setenta pero el hecho de haber nacido a finales de los ochenta ya me puso en vereda para un mainstream mucho mayor aparte de otros factores externos. Desde el inicio escuchaba a ciertas bandas muy distanciadas en cuanto a géneros y eso siempre me daba un punto de mira diferente al cambiar entre ellos. Algo que no hubiera tenido si hubiera crecido escuchando solo un tipo de música. La variedad que tuve siempre en ese aspecto, tanto en la infancia como en la adolescencia, es algo que me ayudó y mucho a saber elegir luego lo que a uno verdaderamente le gusta. Al menos así fue conmigo desde tempranas edades.

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Todo ello seguía avanzando hasta que un día de aburrimiento en casa me dio por escuchar esos discos con portadas tan horrendas como eran los primeros de los Red Hot Chilli Peppers. Comencé con su disco homónimo de 1984 y el The Uplift Mofo Party Plan de 1987. Entre lo humorístico y lo frenético que sus canciones me ofrecían, comencé a enganchar ese rock compulsivo que se mimetizaba en el funk e incluso a veces denotaba tintes del punk clásico más amable. Fue en ese momento cuando comencé a estudiar la música por primera vez de manera totalmente autodidacta. Y tuve la suerte de tener a cuatro auténticos maestros en el grupo californiano. Blood Sugar Sex Magik junto con Californication fueron los siguientes en caer junto con Mother’s Milk posteriormente. Con todo ello y volviéndome un auténtico fanático de su música, hubo que sumar que ya recién entrado en el nuevo milenio, la aparición de internet y yo con apenas quince años, tenía un hambre de conocimiento brutal por la música y el rock en especial. El siguiente paso que di fue con grupos como Nirvana, RATM, seguido de Foo Fighters y la gran figura de Dave Grohl que también comencé a venerar. Por aquel entonces era un ya un declarado fan del rock, el punk universitario y otras misceláneas. Algo que me hacía sentir orgulloso de lo que escuchaba pero que no pasaba de ser la típica persona común que escucha o comienza a escuchar rock por la evidente notoriedad de los grupos. El tiempo me acabaría llevando por otros derroteros pero en aquellos días solo podía vivir con la distorsión en mis oídos.

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Mis amistades del instituto no serían lo que podríamos definir como almas gemelas en lo que se refiere a mis escuchas musicales. Creo que cualquiera que tenga un mínimo de curiosidad en estos temas sabe que el rock no es primera ni segunda prioridad en el panorama actual. Subgéneros todavía peor. En esos días solo una chica parecía interesada en lo que solía escuchar y descubrir. Comenzaron a ser épocas doradas  en las que con 15 años salías ya sin hora de vuelta, primeros sentimientos, primeras drogas y primeras muchas otras cosas que acabarían llegando. Siempre he dicho que antes que una persona llegue a convertirse en adulta, debe pasar por un verano que no quiera que se acabe. Al menos uno. Y ese fue mi primero.

Por otro lado yo sabía que no duraría mucho por los círculos donde andaba ya que mi devoción por mis aficiones comenzaba no solo a ocupar mi tiempo libre sino que dominaba mi vida y manera de pensar. Era una explosión de conocimiento para mí. Quería escuchar más de todo y aprender. Y eso era algo que se escapaba a límites más lejanos dentro de donde estaba. Podría haberme quedado y haber mantenido esas raíces de tantos años y años de amistad con muchos pero al final eso acabaría por dividirme en dos. Seguramente que muchos de vosotros os habréis sentido en ese filo a esas edades. Dejas algo detrás porque esperas siempre un futuro mejor. Lo que nunca hubiera supuesto es que el primer paso encarado a los mundos del metal se presentaría en frente de mi casa para llevarme muy lejos. Bastante parecido a lo que tuvo que sentir Bolsón en su momento dentro de La Comarca. Al fin y al cabo la historia de Tolkien es una metáfora de nuestras vidas y la sensación de cuando debes avanzar.

Corría verano de 2002 y mientras se acercaba otra rutinaria tarde de terrazas y copas entre los de siempre, baje hasta el portal y entre los colegas de siempre había un chico con gorra, ropas anchas, cadenas y una pinta que en general me recordaba a la de algunos vídeos que había visto del mono de Fred Durst saltando y haciendo el monguer en en sus shows. Esa tarde rápidamente hablamos y compartimos cantidad de grupos y anécdotas. Gracias a él y en los posteriores meses y salidas nocturnas, la red de contactos prácticamente se cambió de manera radical en mi vida. Recuerdo que la chica que solía compartir algunas aficiones conmigo me dijo que le hubiera encantado cambiar de lugar con la facilidad con la que yo podía hacerlo pero que su vida estaba atada. En ese momento me sentí absolutamente afortunado de hacer lo que hacía con total libertad. Y no sólo eso, sino que al fin entré de lleno en la oscura noche en la que habita el metal pero de la mano de la nueva escuela como es el propio nu-metal de Limp Bizkit, KoRn, Deftones, Mudvayne, Static-X, Slipknot, Soulfy y un sinfín de grupos que parecían haber estado ahí como los monstruos de Lovecraft pero que nunca salían en ningún lado y tenías que escarbar bien para saber algo de ellos. Por entonces todo lo que escuchaba comenzó a radicalizarse mucho más. Guitarras mucho más graves y distorsionadas, voces melódicas mezcladas con otras más psicóticas. Letras marginales y suicidas. Y cómo no, no solo cambió lo que escuchábamos, sino nuestra ropa e imagen. Alejados del arquetípico heavy clásico y más cercanos al metal californiano de finales de los noventa. Camisas negras. Algo que seguiría siendo así durante los próximos más de diez años.

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Había entrado en un mundo que aterrorizaba las primeras veces que veías las habitaciones de tus nuevos amigos o cuando peregrinabas a las pocas discotecas y pubs que ponían la música que te gustaba aquí en Barcelona. La oferta sin duda era mejor a la que existía en las periferias o pueblos más alejados, pero en comparación con todo el ocio seguíamos siendo una aldea pequeña pero fuertemente defendida. Cuando no acababas en un pub, había un concierto a tomar por culo y cuando no, siempre había una jam donde caer muerto. Fueron tiempos exhaustos pero enormemente gratificantes. Pasado un tiempo empecé a considerar aquello mi casa y poder decir que tenías un lugar al que pertenecías. Algo que todos hemos sentido a esas edades y en las diferentes tribus urbanas a las que hemos pertenecido.

La historia solo había hecho que comenzar y el dolor de cuello ya era horrible.

Hijos de la carretera

Somos una generación que vive tras una pantalla. Siendo esto tan positivo como negativo. Contemplamos hechos tras un cristal en lugar de poder vivirlos en persona. A veces más preocupados por el hecho de un registro digital que uno en nuestro cerebro. Por imposibilidad muchas veces y otras por razones evitables. Pero esta nueva era también aporta la posibilidad de acceder a un sinfín de contenidos que hasta poco antes después de la creación del ARPANET era poco menos que imposible. Quizás perdimos un lado de explorador para engullir información tan buena como mala. Una sensación agridulce quizás.

 

Dentro de todo lo que observamos día a día en frente de una pantalla, una de las cosas que más me fascino desde que tenía aproximadamente unos diez años, fue el mundo de las carreras.

 

Sin ser yo conductor, pues nunca he tenido la necesidad para dicho gasto, el mundo de la conducción es algo que siempre he visto desde la distancia o desde la pantalla. Inducido por un familiar mío, comencé a aficionarme como muchos aficionados españoles por los campeonatos mundiales de fórmula 1 que ya andaban en plena efervescencia a mitades de los noventa. Una época en la que los controles de tracción y la electrónica comenzaron su campaña de dominio en la competición mientras que la imagen de una mano al volante y la otra en la palanca de cambios comenzaba a marchitar. Para muchos, sobre todo los más experimentados, consideran que los grandes premios comenzaron a perder ese virtuosismo dentro de dicha etapa pero lo cierto es que el gran punto de inflexión y la conglomeración de los mejores pilotos tuvieron lugar en la dorada época de los noventa.

 

Yo nací con ese sonido en mis oídos. El de los motores V10. El de los 340 kilómetros por hora. Y desde ese amor seguí explorando el mundo desde las revistas, los reportajes en televisión y en gran parte los videojuegos de simulación para consola. Comencé a absorber nombres, marcas, historias, caballos de potencia, tracciones y estilos de conducción. Sin saber cómo, sabía por qué un Honda NSX perdía control de tracción al girar en las curvas y patinar. Entendía la diferencia entre el subviraje y el sobreviraje. Podía sentirlo en el movimiento y el sonido. Luego, en las carreras que veía por televisión y años más adelante por internet, analizaba siempre el movimiento del coche en su entrada a curvas y el dibujo repetido que delineaba una y otra vez dentro del trazado más óptimo. Sin ser yo hombre de ciencia, podía ver una estructura matemática que daba sus resultados en forma de tiempo cronometrado. Calcular de manera aproximada el tiempo perdido o ganado según el desplazamiento de un coche en la entrada o salida de una chicane.

 

En resumen, crecí con ello en mi cabeza y ahora siempre que veo carreras me encanta disfrutar de la competición que hay e incluso más el apartado estratégico. Siendo yo un observador en la distancia por mis nulas connotaciones prácticas y técnicas de este mundo.

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Pero es que hay mucho más que eso. Esto va más allá de números y reglamentaciones. Hay un valor más alto que lo meramente terrenal. Es la eterna lucha del hombre y la máquina por su dominio en la carretera. Porque es algo que va unido siempre, ya que la creación de la máquina viene desde las mismas manos del propio ser humano. Algo que adorna tanta belleza aerodinámica y que esconde un auténtico rugido de tecnología punta y velocidad. Si a eso le sumamos otros tantos competidores y el siempre icónico sentimiento de mortalidad, convertimos a los pilotos en auténticos héroes y en algunos casos, cual mitología nórdica, los ascendemos a mártires cuando encaran un destino fatídico.

 

Por esto y mucho más, quería ver reflejadas estas letras para saber si me convertí definitivamente en un loco de atar de algo que nunca he podido sentir en mis manos o es que simplemente disfruto con ello sin importar las consecuencias. Sea una cosa o la otra, ahora solo tengo ganas de disfrutar de este sonido y ver como el hombre y la máquina se convierten en los días en los que vivimos, en la asociación y representación perfecta de nuestro ingenio.

 

I.A.

Tras meses de inactividad quería retomar la siempre cálida compañía que ofrece el descargar tus ideales e ideas sobre estos formatos. Pero más a modo de crítica que de inspiración, puesto que la verborrea con fines anestésicos para el alma acaba siendo algo de fácil uso y resultado. Porque todo el mundo puede hacerlo. Porque en este país la crítica es la doble cara de una moneda. La de la crítica por un bien mayor y constructivo y la otra más conocida que es la crítica con picaresca y habladuría. Esa, de la que todos renegamos, pero que sin embargo en algún momento hemos tirado de ella. La crítica de los brazos cruzados, mentón en alto y el “yo ya te lo dije”. Estandarte de la España cuñada.

Pero funciona. Porque es accesible y todo el mundo puede hacerlo. Porque yo puedo asentarme en la temática científica que es lo que trata este desaguisado de letras de hoy sin saber cómo respiro o cómo puede un aparato tan pequeño como un móvil albergar tanta información. Pero oiga, sucede. Sucede al fin y al cabo. Ahí fuera hay gente que le está dando muy duro al cerebro para cuando yo quiero saber el nombre de una canción, pulso un botón y en unos segundos ya lo sé. Puta magia. Pero más allá de eso y pese al desconocimiento que yo mismo me auto corono, no quita que el periodismo en primera instancia y Stephen Hawking no paren de danzar sobre el sensacionalismo cada vez que se abre el debate sobre la peligrosidad de una inteligencia artificial.

Que el nivel de desarrollo científico en cuanto a una I.A. ha sufrido un avance significativo en los últimos años es algo evidente. Pese a que muchos se quieran auto fustigar convenciéndose que vivimos una era feudal por recortes sociales y laborales, el cambio sigue siendo abismal comparado hace 60 años. Dejando claro ese punto y sin necesidad de entrar en barros políticos, el avance en la mayoría de campos de la ciencia siempre es algo positivo. Incluido el campo de la I.A. que ha sido demonizado hasta por célebres del propio gremio en busca de la atención innecesaria por un lado, como por la parte económica de los clics y visitas dentro del mundo del periodismo digital de la mayoría de editoriales. Sobre ellos podría escribir folios y folios de noticias absolutamente absurdas que he visto en las secciones de ciencia de manera asidua. Planetas donde te aseguran que se puede vivir ya solo por el titular, meteoritos que sí o sí van a impactar contra la tierra, I.A. que se rebelan contra los hombres etc. Inclusive esta última es algo que me ha llamado muchísimo la atención ya que al parecer y como comenté en Twitter en su momento, un trabajador de Volkswagen en Alemania, murió hace unos meses, por un error humano de otro trabajador que controlaba una máquina dentro de la sección de montaje. Es decir y volvemos a repetir, un humano se equivocó y cometió un error operando una máquina. Bien pues el titular de la propia noticia atravesaba la realidad de un flechazo y empantanando de miedo el suceso dando a abrir el tema de debate sobre la peligrosidad de las máquinas. Lo hilarante del artículo fue cuando mencionó a Skynet, la I.A. de la saga de Terminator, como referencia a nuestra creación y convivencia con las susodichas máquinas. ¡Y lo único que había sucedido es que un pobre chaval había fallecido por un error humano! Me pareció tan amarillento y denigrante que mis gónadas masculinas entraron en fusión nuclear o lo que se conoce aquí como “tinc els pebrots que m’exploten ja”.

 

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Una I.A. debe estar basada en algoritmos y lógicas que han sido programadas previamente por un humano. Con todas las limitaciones que eso implica en comparación con el poder computacional de un ordenador. Realmente la inteligencia artificial pura y 100%, bajo mi punto de vista, debería ser la que fuese creada por otra máquina, la cual hubiera sido diseñada por nosotros en una primera instancia eso sí. Entiendo que una I.A. pura, con capacidad de raciocinio, análisis y emoción exclusivamente de la propia máquina solo sería creada cuando las manos de su programador no pertenezcan a una mente humana. El único camino para esa independencia absoluta es que la mente de la máquina disponga de una funcionalidad sin límites para el progreso y creación de nuevas I.A. más puras y con una autonomía más real. Solo cuando un individuo pueda crear por si solo otros individuos y conforme aumente el progreso se vaya deshaciendo de los límites que nuestras propias mentes y manos pusieron en el momento de su construcción se podrá llegar a discernir una auténtica I.A.

 

Ahora, de ahí a que unos robots asesinos operen con autonomía propia a día de hoy y comiencen a asesinar objetivos humanos a pura conciencia queda un trecho en el cual tú que estás leyendo esto y yo que lo estoy escribiendo, probablemente ya para entonces, estaremos seis metros bajo tierra. Así que hagamos un pequeño ejercicio de reflexión, no creemos una inquisición anti I.A. cuando sigue siendo un mero sueño de Asimov ni tampoco entremos a debates absurdos porque el hombre se tropieza con la máquina. Ya que ambos caminos van de la mano.